By Edmar Ariel Lezama | September 17, 2012 2:29 PM CDT

Frío y triste sol de Octubre

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Frío y triste sol de Octubre

 

El sol de Octubre es traicionero, le habían advertido a Mikel Gurpegui. Cuando vayas a México, el otoño es diferente al español, le comentó su padre. Ahora lo estaba sufriendo, ya que al caminar sobre la avenida de los Insurgentes al medio día, comprobaba que a la sombra el viento es frío, y si decidía cruzar a la banqueta soleada, había un calor seco, que quema la piel y es molesto mientras se anda.

Mikel mira su reloj, hoy es jueves al medio día, aún tengo un par de compromisos que cumplir, pensó, mientras esperaba la luz roja que detendría al metrobus y así llegar al otro lado, para seguir, pero, ahora por el lado sombreado.

Mientras el reloj del semáforo pasaba de los 35, 34, 33, 32, 31... segundos antes de cambiar de color, había decidido no asistir a ninguna reunión o compromiso laboral; su plan era simple: cruzar la avenida, sentarse en las escaleras de un bar, que por la hora, seguía cerrado, esperando a que el sol se meta para volver a abrir sus puertas.

Ya instalado en la sombra y en esa banca improvisada que eran los escalones, Mikel sintió el cambio de temperatura, aunque, el viento resulta mejor que el sol, según sus gustos. También al estar ahí decidiría que hacer para pasar la tarde, ya que el trabajo había sido duro en la semana. 12:30 horas según su reloj al verlo. Mikel hizo la conversión de horas que México tiene con España, le sumó 7 más a la observada. Si me apresuro, llegaré a mi lugar favorito en la ciudad para comer algo, beber más y ver el futbol, se decía a si mismo, mientras ya estaba dando el salto para emprender la caminata.

Mikel se encontraba a 15 minutos a pie del centro de San Ángel, por lo que optó por caminar; a final de cuentas, ya se encontraba en la sombra.

Al transitar por Insurgentes en dirección al sur, Mikel trataba de digerir un texto que un amigo suyo de nombre Diego le había dado. Las notas hablaban sobre las mujeres y el trato ideal para conquistarlas.

En términos generales, los puntos eran fantásticos si alguien quería ser un patán y mostrar mínimo interés por la chica en cuestión. No puedo actuar así, meditaba Gurpegui, no es posible que las chicas mexicanas sean así, ya que no hay explicación alguna de que una mujer u hombre, prefiera el maltrato, sobre los halagos.

Aunque para Mikel entender a las mujeres resultaba un reto mayúsculo, ya que mientras hizo su vida en Bilbao, las chicas le parecían carentes de identidad propia, ya que en ese afán de separarse de las costumbres españolas, imitaban de mala forma a las francesas y a final de cuentas, no sabía cómo comportarse frente a ellas.

Al mudarse a Madrid con su familia, no dejaba de ser un vasco, un kaixo, un extraño que no se adaptaba al sexo femenino del centro de su patria.

Era cerca de la 1 de la tarde, cuando Mikel atravesó una calle, para dejar Insurgentes, llegar a avenida Revolución y estar a partir de ese momento a sólo 5 minutos de su destino final.

Mikel Gurpegui cada vez que visitaba San Ángel, no perdía la oportunidad de entrar al mercado público de esa zona, ya que para él, esos sitios muestran el verdadero folclore de un país. A pesar de no ser la primera vez que estaba ahí, él miró el grabado de la entrada principal y los frescos del interior. Genial, simplemente genial se decía Mikel, antes de volver a salir y enfrentarse a esas calles adoquinadas que hacen complicado el caminar para cualquier peatón.

La visita de Mikel sería a la cantina "La invencible", lugar amigable y con buena botana. Ya instalado en la barra del lugar, saludó al cantinero de mano, como siempre y miró la pared del fondo, donde estaba un pizarrón enorme que dejaba un espacio para anotar equipos de futbol y resultados. Esta vez la lista daba cuenta de la Liga española; todos los marcadores estaban completos ya, excepto uno, que era el partido que Mikel vería. Athletic de Bilbao-Mallorca.

Desde que he llegado a México es un marrón levantarme temprano los domingos para ver al Athletic, pero, no tengo más opción, le comentaba Mikel al cantinero. Debo aprovechar cada vez que juegan a las 9 o 10 de la noche de España para verlos en la tarde de aquí, seguía hablando Gurpegui.

Minutos antes de iniciar el partido, Rubén, el cantinero del lugar ofrecía los diarios que "La invencible" compraba todas las mañanas. Sentarse a leer ahí, era otro placer para Mikel, ya que ese, era el único sitio donde él podía tener en sus manos "El País", "ABC", "La Vanguardia" e incluso una vez "El Gara".

Mikel recuerda con emoción ese momento, donde Rubén le decía: mire lo que le conseguimos hoy, creo que es de su ciudad. Y sí lo era, ya que "Gara" es de los pocos rotativos que están en Euskaro y gozan de buena fama.

Al hojear "El País", Mikel se saltó las noticias internacionales, para llegar a las de su país y después mirar  los deportes y finalizar con la sección cultural.

La última nota que Mikel leyó fue sobre Vargas Llosa, y esa moda que es el Premio Nobel. Al final hacían un recuento de sus libros. Ver en esa lista "Elogio de la madrastra", le causaba nostalgia por lo vivido por él, por el texto que Diego, su amigo le había dado y que lo tenía pensativo aún, ya que, si un niño es capaz de seducir con mentiras en la novela del peruano, cualquiera lo puede hacer.

¡Sonido de partido de la jornada! Es la frase con la que en España inicia el último juego de cada fecha y que esta vez sacó de sus pensamientos a Mikel, para dirigir su vista a la televisión del lugar.

Goooooooooooool del Athletic. Madre mía lo que ha parado Gorka. Susaeta, eres un gilipollas. Mikel no se cansaba de gritar, mientras Rubén lo seguía observando gustoso, ya que, no es frecuente ver a gente tan emotiva al mirar el futbol.

Al medio tiempo, Mikel estaba seguro que el partido estaba definido ya para su equipo. De un 3-0 en Bilbao nadie se recupera, decía orgulloso Gurpegui con un vaso de ron en la mano.

El resultado hasta ese momento, hizo el partido flojo en el segundo tiempo, y para Mikel el nuevo inicio de una serie de meditaciones amorosas.

-Otro ron con un hielo por favor Rubén -decía Mikel-

 -A la orden joven -contestaba el cantinero-

 -Rubén ¿Qué piensa de mí?

La pregunta tomó por sorpresa al dependiente de la barra, ya que, los parroquianos no suelen hacer ese tipo de cuestiones. Rubén contestó lo primero que se le vino a la mente.

 -Es un buen tipo. Agradable.

 -¿En serio?

 -Pues si, aquí todos lo estiman, lo saludan, preguntan por usted. Que le quieren aquí.

 -Lo entiendo, pero, no es suficiente para mí.

 -¿Se puede saber por qué?

 -Pues que ayer he leído sobre cómo tratar a las mujeres y no me va. Al menos no a mí.

 -¿Que dice lo que leyó?

 -Que un chico se vuelve interesante sólo si se porta mal frente a ella. Es una especie de capricho, de obsesión.

 -No me suena tan descabellado.

 -¿Las mexicanas son así?

 -Las mexicanas y todas en el mundo son así.

La respuesta no dejó satisfecho a Mikel, ya que en España, no sucedía algo similar. Esto debe ser cultural se contestaba para si mismo Gurpegui, sin decirle nada al cantinero. No hablaría más por el momento hasta reordenar sus pensamientos.

Diego y Mikel habían charlado dos días antes sobre el mismo tema, aunque esa vez, el ejemplo del texto tenía nombre y apellido, debido a que Brenda, la chica que le daba dolores de cabeza a Gurpegui, aún era del interés físico y sentimental de él.

A Mikel le causaba sorpresa que cuando alguien es educado, amable e interesante para una mujer, esta decida decantarse por otro, de características opuestas.

Mikel recordaba la última vez que salió con Brenda por una frase que le parecía anecdótica: Tu eres la primer persona que no me deja a la mitad del camino y me lleva a casa.

Increíble, pero, cierto, de acuerdo a los parámetros del español. En ese momento, él creía que estaba cerca de concretar algo con ella. Nada más alejado de la realidad.

Todo lo anterior fue tema de conversación entre los dos amigos. Ambos estaban con posturas encontradas. No se pudieron poner de acuerdo.

Que hoy me acabo una botella de ron y no lo entiendo, pensaba Mikel, aún sentado en la barra.

Rubén tuvo que hablar para sacar de sus cabilaciones a Mikel. Usted es agradable, pero, con las mujeres no se sabe. No es culpa suya, usted no es malo y no me lo imagino así con alguien, terminó por sentenciar el cantinero.

Rubén tiene razón, esta vez la culpa no es mía, he hecho todo como se debe hacer y me han mandado al carajo sin explicación alguna. Rubén tiene razón, pensó Mikel.

La quinta copa de ron ya hacía enrojecer a Gurpegui, además de despertarle un nuevo sentimiento.

 -Te diré algo Rubén, estoy cabreado -parloteaba Mikel-

 -¿Qué sucede? -contestó el cantinero

 -Que estoy cabreado. Que no entiendo ni coña de nada.

 -¿Por qué?

 -Las mujeres. Te dicen no y hablan de ti. La gran mierda.

 -¿Qué pasa?

 -Brenda, que habla que salimos y que no puede ser, que no será nunca, cuando yo ni le he contado a nadie.

 -Es normal en las mujeres. Siempre hacen eso.

 -Sabes Rubén, yo nunca le conté a nadie. Ni siquiera a los más cercanos, para evitarle molestias a ella, pero, ella lo hace frente a todos, cuenta que salimos y que yo fui el que fastidió todo.

 -¿Qué hará?

 -Buena pregunta Rubén. Mejor dame la cuenta.

Ya fuera de la cantina, el viento de octubre volvió a pegarle en la cara, como un golpe seco.

Caminó sin rumbo hasta que se dio cuenta que eran ya las 10 de la noche. Miró sus bolsillos y no encontró nada de dinero. Tendría que volver a casa caminando.

Mientras hacía el recorrido, Mikel estaba seguro que sus principios eran inquebrantables, por lo que, no seguiría ningún consejo que lo mostrara como un mal educado.

También estaba determinado a desaparecer, no ser visto por nadie que no fuera cercano a él, ya que consideraba mantenerse en lo dicho: no darle ningún tipo de molestia a Brenda. Si ella dice que yo soy un hijo de la gran puta, lo soy, no hay más. Si ella quiere decir que salimos y que yo soy un torpe por querer intentarlo con ella, pues que lo diga, resisto la pena, pensaba Gurpegui.

Al estar ya fuera de su casa, Mikel mete la llave para abrir la puerta, es recibido por su perro y ambos se dirigen al garage. Ahí, observa su auto, lujoso auto alemán que lo invita a salir, a llegar a casa de Brenda y como un bandido de poca monta, pintar fuera de ella "yo te quiero, para que me quieras".

No lo haré, estoy muy ebrio para recordar el camino. Además es demasiado para Brenda. No quiero correr el riesgo de que piense que fue otro y no yo, se decía Mikel a si mismo en voz alta.

Esto es cultural. Las mujeres deben entender que las cosas son tan simples como esa frase: yo te quiero, para que me quieras.

 

Edmar Ariel Lezama
@edmar_ariel

 

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