By Edmar Ariel Lezama | June 22, 2012 11:01 AM CDT

Viva Franco, Viva el Rey

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Viva Franco, Viva el Rey

 

Emilio nunca pensó en volver a su pueblo, una localidad cercana a Valladolid, pero un capricho de su hermano, de uno de sus diez hermanos hizo que regresara. La Navidad es el mejor momento del año para estar con los tuyos, escuchaba Emilio al teléfono. Lo pensaré, es que el trabajo aquí en México es mucho, y tú sabes que en España eso es un lujo hoy, contestó el hombre antes de cortar la llamada.

Emilio después de su jornada laboral como arquitecto y aún pensativo en la opción de estar con toda su familia el 24 de diciembre, decidió acudir al mismo establecimiento de asturianos en el centro de la ciudad. Pidió gambas y brandy.

El arquitecto español encontró a los  parroquianos de siempre, a los cuales saludaba con respeto. Se acercó a compartir su comida y bebida con la persona con quien habitualmente lo hacía en ese lugar. Empezaron hablando de futbol, del Valladolid otra vez en primera división, de si el descenso a segunda sería para su equipo o el Rayo Vallecano; los tragos pasaron y la conversación llegó al mismo punto: quién es más inepto, el Partido Popular o el Socialista Español. Ya saben que los dos, la opción es Esquerra Unida, dijo Nuria, bella catalana y asistente de Emilio, quien siempre llegaba por él en la noche, muy noche, pues sabía de su debilidad por la bebida.

Camino al departamento que la inmobiliaria española alquiló para sus trabajadores en México, Emilio le ordenó a Nuria comprar un billete a Madrid para el día 20 de diciembre. A pasar las Navidades en casa y comer las uvas en la Puerta del Sol le dijo ella a su jefe. Nada de eso, a hacer puñetas en mi pueblo y después ver a mis hermanos, contestó él. El resto del camino se volvió un silencio tenso, que sólo fue roto en el justo momento que Emilio dijo que no llegaría a casa, que pensaba ir a comer algo y que si mañana no se presentaba al trabajo, su asistente lo disculpara con la excusa de enfermedad. Nuria asintió todo con la cabeza y entendió que era mejor dejar solo al arquitecto.

A esa hora aún había cantinas abiertas, pero Emilio prefirió entrar a una tienda de autoservicio y comprar cerveza. A él no le importó beber en la calle, pues su excusa ante los policías era la de que en España se permite y no sabía que en México es algo prohibido. Al final la justicia siempre termina por darle la razón.

Compró una botella de XX Ámbar, la abrió con la boca, tal como le enseñaron los albañiles que trabajan con él, camino hasta encontrarse en un barrio que desconocía. Se sentó en la banca de un parque y meditó en llamar a Nuria, pedirle que cancelara la compra. Dio el último trago, y ahora su mente se enfocaba a recuerdos del pasado, esos mismos que le dejan mal sabor de boca, que le alejan de la comunidad cercana a Valladolid.

Ahora sin cerveza, Emilio tiene la necesidad de hablar con alguien, de contarle su tragedia familiar. Si tuviera a Nuria aquí mismo, me la llevaba a la cama, y después le narraba la causa por la cual mis hermanos y yo no vivimos juntos, pensaba el hombre, mientras cruzaba la calle, para comprar una pequeña botella de brandy en un lúgubre establecimiento.

El arquitecto español bebe, llora por su padre, lo recuerda cuando la policía nacional llegó a su casa y se lo llevó. Que no haya niños, por favor, que no haya niños, fueron las últimas palabras del padre de Emilio.

Un trago más, y recuerda a su madre, poniéndolos en el tren rumbo a Madrid, Málaga, Barakaldo y Valencia. Estarán mejor con sus tíos, aquí ya no tenemos nada que hacer, les decía ella, mientras los besaba y encaminaba rumbo a su nueva vida.

Emilio sabe que estar en su pueblo, es ver en el Palacio de Gobierno la placa patriótica enviada por Franco, en la que se podía leer "encontrád seísmo y epicentro, es su obligación patriótica", debido a que en el año de 1969, un pequeño temblor sacudió buena parte de la nación.

El atraso de la España franquista se podía constatar al momento de enterarse de que en el pueblo de Emilio en 1969, tan sólo diez personas sabían leer y escribir, y ninguna interpretar el mensaje de Franco, por lo que los policías salieron en busca de Epifanio, hombre mayor y agricultor. Este tiene nombre de epicentro, decían en el Palacio de Gobierno; después seis más fueron capturados, entre ellos, el padre de Emilio. Todos terminaron fusilados.

Nuestra labor con el país ha sido cumplida. Matamos a Epicentro y seis más, tal como lo pide en su carta Generalísimo Francisco Franco. Viva España, viva el Rey, viva Franco.

Emilio terminó con el contenido etílico de su botella, encuentra estúpida la frase "encontrád epicentro y seisma", pero sabe que la ignorancia y miedo de los habitantes de su pueblo hizo que siete hombres murieran, al final del día, una orden de Franco no cumplida era igual a la pena de muerte.

El sol comienza a salir, el arquitecto enjuga sus lágrimas, putea a Franco, a los temblores, a la placa que seguramente da constancia de la muerte de su padre en el Palacio de Gobierno; no sabe cómo borrar esos recuerdos, quizá ir a su pueblo, quizá llamar a su hermano y decirle que no podrá asistir, o tal vez, esperar a que Nuria no realice la compra por olvido. Las tres soluciones son válidas, ya se lo dejaré a la suerte, piensa Emilio, mientras duda en seguir bebiendo o marcharse a casa para ducharse.


Edmar Ariel Lezama
edmar_ariel@hotmail.com
@edmar_ariel

 

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