By Edmar Ariel Lezama | April 24, 2012 10:20 AM CDT
¿La mala vida de Rubén?
¿La mala vida de Rubén?
Rubén sabe que siempre existen dos opciones para comer, la primera, cuando en el bolsillo se tiene mucho dinero; la segunda, cuando éste escasea.
Para Rubén ninguna de las dos circunstancias anteriores es una barrera para llevar alimentos a la boca. Lo ha hecho incluso sin un centavo encima. Siempre se debe improvisar ante la tormenta, se dice el hombre, a la par que en su mente se superponen imágenes que al paso de las horas serán solución.
El dinero, como todos los demás bienes son pocos y nunca infinitos. Cada quién es libre de gastarlo en lo que mejor le venga en gana, sin ataduras, sin reclamos por parte de los otros, se dice el protagonista.
¿Cómo obtener dinero fácil y rápido? Un robo sería lo primero que a la mente de todos viene, pero Rubén sabe que los placeres de la vida que disfruta en libertad, resultaría en casi imposible llevarlos a cabo dentro de una prisión, pues a final de cuentas, él no tiene un domicilio fijo, una familia a la cual frecuente y su más cercano círculo de amigos al igual que Rubén, carecen de algún número telefónico fijo o móvil para contactarse, por lo que resulta en una misión imposible comunicarse con sus conocidos para darles la noticia y que éstos a su vez lo visitaran.
La respuesta del atraco no convence a Rubén, pues desde chico siempre recibió una educación basada en el respeto y trato igualitario a los demás. Todos somos iguales sin importar a qué nos dedicamos o cómo somos; la burla, el escarnio nunca deben ser utilizados con los otros, eran las palabras que escuchaba Rubén de su padre. Te costará trabajo entenderlo y llevarlo a la práctica, pues la prepotencia es y será la constante de los mal educados, pero confío en que tú lo comprenderás, repetía el hombre a su hijo.
Hoy Rubén sabe que hay cosas más importantes que el dinero a raudales; le costó trabajo entenderlo, pero lo hizo; lo logró a base de golpes y desencantos con sus compañeros de escuela, pues mientras algunos manejaban autos lujosos, él, durante mucho tiempo no poseía un vehículo propio, y cuando lo tuvo, era uno muy modesto que era motivo de burla secreta. Se puede ser tan canalla para juzgar a alguien por el auto que maneja se preguntaba Rubén sin encontrar una respuesta.
Al final, el consejo recibido de su padre, ayudó al hombre a saber y reconocer la verdadera amistad, sin importar el tipo de persona que se tuviera enfrente.
Hoy Rubén se encuentra con sus amigos en la calle, o en algún lugar para beber de precios módicos. "Los patitos", "El fogonazo", "El farolito" o "El puerto de Barcelona" son las cantinas que Rubén frecuenta.
Como si de un acto de telepatía o conexión paranormal se tratara, todos se encuentran en alguno de esos lugares, sin previo acuerdo, sin saber que justo ese día el club de amigos tiene algo de dinero para gastar.
A simple vista la vida de Rubén parece la de un vago cualquiera, sus viejos conocidos así lo creían. Muchas veces la pregunta insistente era sobre por qué beber en "El puerto de Barcelona" y no en un lugar más cómodo, donde los comensales fueran otros. Rubén nunca supo dar una respuesta, pero nada de malo le encontraba al lugar. Quizá el hecho de ser un aprendiz de violinista en una Orquesta Sinfónica que trata de estar al nivel de las mejores del mundo, le hizo ver los horrores del engaño de la diferencia de clases sociales.
Si toco el violín estoy en una esfera social diferente, en una más alta; si voy a la universidad o mejor aún, si asisto a una universidad privada, seré superior a todos; si manejo un automóvil de precio elevado me convierto en irresistible para hombres que a través de la lisonja buscarán mi amistad, y mujeres que al ver una aparente estabilidad económica se volcarán hacía mí. Si la vida fuera lineal, sin subidas ni bajadas, lo anterior tendría sentido, pero afortunadamente no es así, se decía a sí mismo Rubén en forma de respuesta.
Yo fui a la universidad, toco el violín, tengo un pasaporte mexicano y otro de la Comunidad Europea y sigo siendo igual a todos, dice Rubén en su mente, a tal grado de vivir una vida poco cómoda a los ojos del resto, a jugar a la lotería o la quiniela deportiva cada fin de semana con la esperanza de ganar algo y comprar una fina botella de cognac.
Cuando se le pregunta a él sobre qué haría con el dinero en caso de obtener el primer premio de las apuestas, su respuesta es la misma: experimento social, para demostrar que cualquier persona es capaz de subirse a un auto de lujo, ser amable y agradable con la persona que invita, e incluso, beber en "El puerto de Barcelona" conmigo, pues saben que afuera hay algo que no todos pueden comprar esperándonos y que a sus ojos nos vuelve en una mejor persona.
Edmar Ariel Lezama
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